¡Y son franceses!
Fue justo un día antes de que estallara la revuelta en Clichy –sous- bois, cuando el ministro del interior, Nicolás Sarkozy, organizó una charla sobre la discriminación a la francesa para luchar contra el racismo en el trabajo y las escuelas ¿De qué sirvió? Creo que la respuesta no hace falta. Los hechos hablan por sí solos: Más de 800 autos quemados por día, incluso en una de las ciudades más tradicionales y clásicas de la historia francesa. ¿Quiénes son los responsables?
Un grupo de niños más potente que cualquier bomba, que no se sienten ni franceses, ni árabes. Pertenecen a la tercera generación de los argelinos, que debido a la colonización de los años 50, llegaron a Francia. Hoy protestan y se expresan con violencia porque están hartos de sentirse discriminados.
Sí, los franceses son racistas. El lema de la democracia y la libertad que pregonaban en la revolución francesa, es sólo una utopía que se ha desvanecido con los años. ¿Hasta cuándo se van a cegar? ¿Cuándo van a asumir las responsabilidades de lo que significa conquistar un país? No sé como pueden ser tan “descriteriados” de llegar a conquistar a los países arábicos, aprovecharse de su riqueza, luego utilizarlos -entiéndase como argelinos o cualquiera de los otros países que cayeron bajo la dominación francesa y británica- para lanzarlos al vacío.
Sólo el 5% de los jóvenes argelinos llega a la Universidad porque sus padres están atados a la inamovilidad social. Llegaron para servir, para ser obreros y no pueden cumplir otro rol. Ejercer en algún servicio público es impensado. Sus apellidos y color de piel los condena.
Todo resulta tan paradójico. Francia se llena la boca hablando de la democracia, pero de qué democracia me están hablando si nunca inscribieron en sus registros a los inmigrantes árabes. Ahora lo único que quieren es echarlos porque atentan contra su autenticidad.
Francia tiene miedo, por eso no le queda otra que apelar a su patrimonio clásico, a una vuelta imitativa del pasado. Pero bien poco queda por hacer. Su identidad está resquebrajada. Los jóvenes que se manifiestan en las calles, a pesar de que lo nieguen, son franceses y están luchando para ser tomados en cuenta. Necesitan que su nación despierte, que se dé cuenta que su sociedad ya no es sólo de elite. Que tiene matices: blancos, negros, ricos y pobres. Si los aceptan acaso, ¿van a dejar de ser la sociedad distinguida?
Las consecuencias de la colonización y la descolonización -como se puede ver- están patentes hasta nuestros días. Por lo menos el tema ya ha entrado en el debate mundial y por ende no pasará desapercibido. Lástima que para ver resultados concretos, -creo- que una vez más abra que esperar.
Fue justo un día antes de que estallara la revuelta en Clichy –sous- bois, cuando el ministro del interior, Nicolás Sarkozy, organizó una charla sobre la discriminación a la francesa para luchar contra el racismo en el trabajo y las escuelas ¿De qué sirvió? Creo que la respuesta no hace falta. Los hechos hablan por sí solos: Más de 800 autos quemados por día, incluso en una de las ciudades más tradicionales y clásicas de la historia francesa. ¿Quiénes son los responsables?
Un grupo de niños más potente que cualquier bomba, que no se sienten ni franceses, ni árabes. Pertenecen a la tercera generación de los argelinos, que debido a la colonización de los años 50, llegaron a Francia. Hoy protestan y se expresan con violencia porque están hartos de sentirse discriminados.
Sí, los franceses son racistas. El lema de la democracia y la libertad que pregonaban en la revolución francesa, es sólo una utopía que se ha desvanecido con los años. ¿Hasta cuándo se van a cegar? ¿Cuándo van a asumir las responsabilidades de lo que significa conquistar un país? No sé como pueden ser tan “descriteriados” de llegar a conquistar a los países arábicos, aprovecharse de su riqueza, luego utilizarlos -entiéndase como argelinos o cualquiera de los otros países que cayeron bajo la dominación francesa y británica- para lanzarlos al vacío.
Sólo el 5% de los jóvenes argelinos llega a la Universidad porque sus padres están atados a la inamovilidad social. Llegaron para servir, para ser obreros y no pueden cumplir otro rol. Ejercer en algún servicio público es impensado. Sus apellidos y color de piel los condena.
Todo resulta tan paradójico. Francia se llena la boca hablando de la democracia, pero de qué democracia me están hablando si nunca inscribieron en sus registros a los inmigrantes árabes. Ahora lo único que quieren es echarlos porque atentan contra su autenticidad.
Francia tiene miedo, por eso no le queda otra que apelar a su patrimonio clásico, a una vuelta imitativa del pasado. Pero bien poco queda por hacer. Su identidad está resquebrajada. Los jóvenes que se manifiestan en las calles, a pesar de que lo nieguen, son franceses y están luchando para ser tomados en cuenta. Necesitan que su nación despierte, que se dé cuenta que su sociedad ya no es sólo de elite. Que tiene matices: blancos, negros, ricos y pobres. Si los aceptan acaso, ¿van a dejar de ser la sociedad distinguida?
Las consecuencias de la colonización y la descolonización -como se puede ver- están patentes hasta nuestros días. Por lo menos el tema ya ha entrado en el debate mundial y por ende no pasará desapercibido. Lástima que para ver resultados concretos, -creo- que una vez más abra que esperar.
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