Este "reportaje" es una de las primeras cosas que escribí... así quelo q menos busquen es perfección....
Doctores, negligencias y cáncer
Matanasanos al asecho
Estudian siete años, se visten con una bata blanca y en la altura del pecho, tienen un bolsillo pequeño para estampar su nombre, cargo y especialidad. Niños y adultos mayores son los clientes más frecuentes. Padres e hijos ponen las manos al fuego por ellos. Los doctores. Pero ¿qué pasa cuando se les escapa un detalle y no detectan una grave enfermedad?. ¿Quién es el responsable de una muerte por cáncer al estómago que se pudo evitar?
Manuel Octavio Abarca López y Olga del Carmen Aguilar Arenas celebraron en abril 50 años de matrimonio. Sus hijos se encargaron de arrendar un restaurante en Los Andes, quinta región, para que ellos salieran de la rutina y disfrutaran de todas las comodidades. Que los mozos les sirvieran el almuerzo, lavaran los platos, pusieran la música adecuada en el momento indicado. EL festejo se realizó en el patio. Era un lugar espacioso, rodeado de sauces, eucaliptos, pajaritos y hasta una piscina. Cuando llegaron los papás, para los hijos y los tatas, para los nietos, aplaudieron, sonrieron y alzaron las copas para brindar por las bodas de oro. En la comida conversaron varios temas pero sobresaltaron las chistosas anécdotas. A "la vieja", como solía decirle Manuel a su señora, le gustaba guardar mucha mercadería, dulces, fruta en conserva, pastelitos, etc, para ocasiones especiales. En cambio, "Manelo" como le decía Olga, le comía todo lo que guardaba. Siempre lo pillaban en su pieza con la luz apagada goloseando. En el verano, cuando Manelo llegaba de las chacras y "la vieja"de vender productos de chinos y turcos en Colina, se compraban una Malta y la hacían con leche condensada. Ponían charrasqueados y contaban chistes hasta altas horas de la noche.
Terminaron de cenar y empezó el, baile. La primera canción fue "La casa nueva" de Tito Fernández. No podía ser otra. Junto con "Mantelito Blanco" interpretada por los Huasos Quincheros, eran los temas que representaban a la familia Abarca Aguilar. Bailaron los novios. "Hola vieja bailamos…déjame bailar contigo la alegría linda del último vals amor, amor. Vamos a vivir unidos en este minuto nuestra eternidad" le cantaba despacito Manelo a Olga mientras ella se movían con cautela. Eran el centro de entretención.
"Papá se siente bien" le dijo uno de sus cuatro hijos. "Si, pero me duele un poco la guatita" le respondió él. Éste, era sin duda, el comienzo de la cuenta regresiva.
Cuando llegaron a Colina, comuna ubicada a 45 minutos de Santiago, lo llevaron al médico. Estaba pálido y los dolores de estómago se le habían hecho constantes. La presión arterial estaba alta, pero según los médicos sólo debía controlar sus comidas (grasas, colesterol, etc) para que la sangre se oxigenara y volviera a su estado normal.
Tres meses después, celebraron un cumpleaños en la casa de los "novios de oro", en el pueblo de esmeralda ubicado a dos kilómetros al norte de Colina. Su nieta más "chiquitita", de 10 años, cantó el cumpleaños feliz al festejado, pero luego prefirió ir a jugar con el pelo de su tatita, como lo hacía todos fines de semana. Él estaba sentado en una silla que ,siempre, había al costado de su cama. Escuchaba la transmisión del partido Colo-colo v/s Católica . Se sentó en sus piernas y lo peinó y como de costumbre, el no reclamó por la interrupción. Uno se podía sentar arriba de su espalda y el sólo te acariciaba la cabeza con la yema de sus dedos. La niña repentinamente se soltó de los brazos que la rodeaban y fue a llorar al baño. Un primo 12 años mayor la fue a ver, no entendía que sucedía. Ella lo único que dijo fue "está enfermo, el tatita no tiene la mirada de siempre. Está enfermo". Era evidente que algo no andaba bien.
Su hija menor, Marisol, llegó al otro día con el médico. Era lógico que si le decían "papá vamos al doctor" no iba a querer ir. Manelito era reacio a visitar, como el decía, a los mata sanos. La hija le dijo al médico, "pídale todos los exámenes y todas las cosas necesarias. No calcule en gastos porque queremos descartar cualquier tipo de peligro". El doctor mandó a hacer una serie de exámenes y cuando le llevaron los resultados dijo que era un anemia. Unas semanas después, Marisol, le mostró los resultados al esposo de una amiga que es médico. Éste dio el grito de alerta: "es imposible que a tu papá le pronostiquen una anemia y le den pastillas. A la edad adulta es complicado una anemia, además no se sabe dónde está sangrando. Ojalá llévenlo mañana mismo a un internista". Transcurrieron unos días y lo llevaron a ese médico. Éste lo vio, le realizó un examen ahí mismo y dijo "mañana o pasado necesito todos estos exámenes del papá y venga con sus hermanos". Al otro día le realizaron todos los exámenes y Marisol entró a uno de ellos con un hermano, Manuel. Era una eco tomografía, una foto del estómago en el que se muestra cualquier anomalidad. Ella vio hartos circulitos y le dijo a su hermano " Manuel, parece que la cosa está complicada, viste todas esas cositas". Mientras tanto, el médico salía y entraba de la sala. Llegaba con un colega y con otro. En total se juntaron 4 especialistas y dejaron a Manelito internado en el hospital para ponerle sangre, porque prácticamente no tenía. Él, que no estaba acostumbrado a quedarse en otro lado que no fuera su casa, en la noche se desesperó y forcejeó con el enfermero. Lo amarraron a la cama para que no se fuera a tirar por el balcón. Estaba en un cuatro piso. Al otro día Manelo le dijo a Marisol, "hija qué pasa, por qué estoy aquí". Ella le respondió "papito no se preocupe es sólo anemia".
Al otro día, alrededor de las 19.00 horas, Marco, Amelia, Manuel y Marisol, le llevaron los exámenes al doctor que había atendido el día anterior a su papá. Entraron a una oficina. Y este dijo que Manelo saliera. "La vieja", como cariñosamente le llamaba Manelo, no quiso salir con él. Quería escuchar todo lo que pasaba. Las únicas palabras del especialista fueron "el papá tiene un cáncer terminal". Su hijo mayor preguntó "hay alguna posibilidad de una quimio terapia, una operación. ¡Tantos adelantos que hay ahora!". No, acotó el doctor. Continuó diciendo "él va a ser una velita que se va a ir apagando". "Y cuánto tiempo le queda" preguntó Amelia. "Tres meses" fue la respuesta. Marisol ensimismada le refutó al doctor diciendo: "es imposible y los adelantos tecnológicos". El especialista insistió "es terminal porque está en el estómago y está ramificado, osea por todos lados. Y si van a otro experto y les dice que hay solución, es un comerciante porque su papá, insisto, ya tiene todo ramificado, están todos sus órganos comprometidos".
Desde ahí en adelante, Manuel Octavio Abarca López, debía inyectarse sangre una vez por semana. Cuenta Olga que el proceso duraba dos tediosas horas. A él no le gustaba ir, pero la sangre lo hacía sentirse bien, con ánimo, podía ir a ver a su sitio como estaba la siembra y si los "pájaros cochinos" como los solía llamar, se estaban comiendo las semillas. Cuando le faltaba se tenía que quedar acostado.
Un fin de semana sus hijos organizaron un rodeo, e invitaron a su papá para que los viera correr. Manelo estaba fascinado ya que le encantaban esas cosas. Luego del Champión, Serie de Campeones, se fue a la casa de sus hijos y ellos lo invitaron a quedarse unos días. Así aprovecharían de ir a los corrales y según él, evitar que lo llevaran al hospital. Pero Manelito no se escapó de esto. Manuel, su hijo menor, tenía un amigo cirujano y el le puso la sangre.
Cuando volvieron a Esmeralda, "la vieja" estaba preparando el almuerzo y "el viejito", como ella le decía, estaba mirando su árbol de camelias, que da una flor rosada con pétalos grandes y esponjosos. De repente sus piernas se desvanecieron. Se desmayó por dos segundos y le dijo a su esposa: " qué xuxá es lo que me `ta pasando". Ella solamente lloraba. Él la miró y le dijo "ay vieja tenemos que podar la camelia y el palto para que den hartas frutos, sino, nos vamos quedar sin flores pa` las hijas y sin paltitas"
Olga llamó a sus cuatro hijos y ellos le dijeron que lo mejor era dejar a su papito en Los Andes. Ahí ellos podrían estar pendientes todo el tiempo y además tenían una enfermera al lado de la casa y el doctor a unas cuadras porque de Santiago a Colina igual hay un tramo a considerar. Olga aceptó y se fueron a vivir a la casa de sus hijos "andinos".
Marisol que vivía en Colina y Amelia en Santiago, lo iban a ver todos los fines de semana. Lo cuidaban día y noche. Se desvelaban viéndolo como dormía y esperando la hora justa para darle los medicamentos. Entre ronquido y ronquido parecía que se iba a ahogar, pero su hija Marisol se sentía más tranquila porque "mi papá toda la vida levantaba la casa roncando. Nunca dejaba dormir a las visitas". Lo que realmente le acongojaba era que de repente se movía y entre el sueño fruncía el seño como si algo le doliera. No quería que su padre sufriera. Por lo que le habían comentado el cáncer al estómago es una de las enfermedades más tristes. Las personas cuando están en la cuarta etapa y última del cáncer, gritan de dolor.
Las defensas que tenían Manelo, eran bajísimas. Se volvió una guagua. Toda la comida debía ser pasada por la juguera porque como cuenta Amelia, su hija mayor, "era como que su estómago estuviera contaminado". Le pasaban la comida por la juguera y bebía mucho agua cocida. Motivo de esto, el color rosado por el que se había caracterizado su piel, se había vuelto amarilla. Sus ojeras eran inmensas, los párpados le pesaban, debía estar conectado constantemente a oxígeno e ir de dos a tres veces por semana a ponerse sangre.
Habían pasado tres meses desde el comienzo de la enfermedad y Manelo se levantó de la cama. Antes de almorzar fue a dar una vuelta acompañado por "la vieja" y después de comer se puso a ver a todos los niños que salían del colegio. Cuando llegó uno de sus nietos, le dijo "hijo cómo `tan los animales en el corral". Felipe se sorprendió por su mejoría y le dijo que todo estaba bien. Horas más tarde llegaron sus hijas y también se alegraron mucho. Su papito les dijo: " hijas tengo ganas de comer Sandía". Ella no sabían que hacer. Era el deseo de su padre, pero ¿dónde podían sacar una en esa fecha?. Noviembre no es de Sandías. Marisol recuerda que había visto algunas pequeñas en un supermercado en Santiago, pero no tenían comparación con las gigantescos frutos jugosos( de corazón rojo, muy dulce y "aliñadas" con harina tostada) que se comía su padre en las calurosas tardes de verano después del almuerzo. Pasaron un buen fin de semana. Su padre quería estar postrado en las camas. Lo entristecían. El día lunes también amaneció con ánimo. Se sentó en el antejardín y vio como los niños salían del colegio. Por fin llegó Patito, uno de sus nietos con el que le encantaba jugar. éste se sentó en sus piernas y se pusieron a hacer toritos. Chocaban despacito cabeza con cabeza. Después llegó la otra nieta del colegio, Marisol. Ella le dio el almuerzo en el sillón y luego lo llevó a su camita para que reposara un poco. Mientras estaba acostado, su esposa no se despegaba de su lado. Tenía miedo que se fuera a ir en un sueño.
Alrededor de las 18.00 Manelo vomitó Sangre. El mundo de expectativas que todos sus hijos se habían armado se derrumbó. La mejoría del fin de semana parecía un adiós.
Lo conectaron al oxígeno para que no se ahogara, pero no respondía. Marcos y Manuel, los dos hombres que había criado Manelo, tenían susto. Fueron a comprar otro tubo de oxígeno por si era eso lo que fallaba, pero no. Llamaron a sus hermanas y sólo a Amelia la pudieron ubicar. Cuando ella llegó con su esposo, éste le dio respiración boca a boca para que no muriera. Manelo miraba a todos los que estaban a su alrededor, miraba, la puerta y el reloj colgado en la pared. Preguntaba ¿y la Mary con los niños?. Ellos no tenían idea que su papá y su tatita estaba muriendo. Estaban en la preparación para la primera comunión de la hija mayor de Marisol. Una hora después a Marco se le ocurrió llamar al colegio de la niña. El portero rápidamente les dio la noticia. Al mismo tiempo, Francisco, el marido de Amelia le seguía dando respiración para que se mantuviera vivo. El marido de Marisol, condujo a 120 kilómetros y justo antes de llegar al peaje, alrededor de las 21.15 horas, Ricardo atropelló a un perro. Marisol lo único que les dijo a sus hijos fue "recen". Cuando llegaron, 21.25, Manelo ya había muerto. Nadie decía una palabra. Todos estaban mudos. No sabían como dar la trágica noticia. Marisol abrazó a su papito y le decía "vuelve papito, vuelve". La hija de Marisol, la niña que detectó que a su tatita le pasaba algo, tocaba sus manitos y su cara. Le decía "tatita, tatita". Su papá la abrazaba y le explicaba que la vida es así, que a todos algún día nos va a tocar. Decía además que debíamos estar felices porque el nunca supo de que estaba enfermo y nunca le dieron esos infernales dolores que toda la gente comentaba que sentían. "La vieja", lloraba. Nada podía llenar el vacío que quedaba en su corazón. Su compañero de 50 años la dejaba sola. Olga no tendría con quién desahogarse en las tardes, con quién tomar su malta con leche condensada, con quién pelear porque le había comido las frutas en conserva para atender a las visitas. ¿Quién llevaría el pan a la casa?, ¿quién le explicaría lo que pasaba en la teleserie?...
Por más ánimos que se trataran de dar entre la familia, nadie concebía la idea que de los ojitos del esposo, padre y abuelo estaban cerrados para siempre porque una enfermedad tan dañina como el sida, pero mucho más rápida, se lo había comido.
El velorio fue en Esmeralda, lugar dónde el quería morir. Como era un personaje conocido y querido por todos los del pueblo, hubo mucha multitud. Señoras le fueron a cantar y a rezar el velorio muchas veces. Nunca estuvo sólo.
Cuando la familia se reunió para reestructurar los hechos, Marisol recordó algo que le había dicho el último doctor que había atendido a su padre, pero que en ese minuto no analizó mucho por el afán de buscar alterativas para que su padre no sufriera lo más mínimo. Éste le había afirmado que si el cáncer se hubiese detectado en un grado dos o tres, se habría podido hacer algo. Inmediatamente fue a hablar con este doctor y la única respuesta que recibió fue que "en realidad no había pedido más exámenes por no darme más gastos y yo le dije claramente, doctor por favor pídame todos los exámenes que sean necesarios. Imagínese, si lo hace así con mi papá que nosotros tenemos como hacerle los exámenes no quiero ni pensar como lo ha hecho con la otra pobre gente. ¿Cuánta gente se la ha muerto?" confesó Maisol. Después de algunas averiguaciones, efectivamente se le habían muerto 4 pacientes en Colina por su negligencia. Según cuentan sus hijos, no lo denunciaron por un motivo: Manelo no lo hubiera hecho porque tenía dos hijos de 3 y 6 años a los que no podía dejar con un padre encarcelado.
Sin embargo queda la amarga sensación de que si el médico hubiese detectado a tiempo la enfermedad, Manelo se hubiera salvado y hoy vería todos los logros de su esposa, hijos, nietos y bisnietos.
Tras su muerte la camelia y el palto que el había mirado al comienzo de su enfermedad y que nunca pudo podar, se secaron. No dieron flores ni frutos.
